Vida Antes de la Muerte

Interesante e insólita Exposición “Life Before Death” que se exhibió en la galería londinense Wellcome Collection hasta el 18 de mayo, y consta de 24 fotografías que van desde un niño de 17 meses hasta un hombre de 83 años con enfermedades terminales, tomadas antes y después de la muerte entre diciembre de 2002 y mayo de 2004.

El periodista Beate Lakotta y el fotógrafo Walter Schels comentan que “nada enseña más sobre la vida que la muerte misma”, quienes con previa autorización de los protagonistas del proyecto, les hicieron preguntas sobre sus inquietudes y preocupaciones sobre la muerte en las que se observa el valor inapreciable de la vida.

Un desasosegante trabajo que nos deja preguntas en el aire, tales como, ¿puede la muerte enseñarnos cómo afrontar la vida?, ¿cómo debemos afrontar la muerte de otros? y lo que es más importante, ¿cómo debemos afrontar nuestra propia muerte?.
Como dijo uno de las personas fotografiadas "es bueno que usted haga esto, es realmente importante mostrar cómo es lo que me está ocurriendo. Nadie más me escucha, nadie quiere oír o saber como es esto realmente".

Lejos de ser sombrío, éste intereses muestra por la muere y la transitoriedad de vida, nos remonta a la pregunta de ¿qué es lo que a menudo damos por hecho?.

Visita una muestra de las fotografías restantes AQUI.

Edelgard Clavey, 67 años. Primer retrato: Diciembre 5 2003.

“Se había divorciado a comienzo de los años 80, y vivía sola desde entonces. No tenía hijos. Había sido miembro de la iglesia protestante inglesa. Contrajo cáncer un año antes de morir, y en sus últimos días ya no pudo moverse de la cama. Cuando estuvo gravemente enferma comenzó a sentir que era un estorbo para la sociedad y tuvo ganas de morir”.

Segundo retrato: Enero 4 2004.

La muerte es una prueba para comprobar la madurez de una persona. Todos tienen que atravesarla. Tengo ganas de morir. Quiero formar parte de la luz extraordinaria. Pero morir es un trabajo duro. La muerte controla el proceso, no se puede influir en su curso. Lo único que es esperar. La vida que se me dio, tuve que vivirla, y ahora estoy devolviéndola”.

Peter Kelling, 64 años. Primer retrato: Noviembre 29 2003.

Peter Kelling, jamás había estado realmente enfermo en su vida. Había sido un servidor público que trabajó en la salud y seguridad, y nunca se permitió ningún vicio. Y un día le diagnosticaron cáncer de intestino. “Cuando lo conocí, el cáncer ya me había dañado los pulmones, el hígado y el cerebro. Tengo sólo 64 años. No debería estar consumiéndome de este modo.

Segundo retrato: Diciembre 22 2003.

Por las noches estaba siempre agitado y no paraba de pensar. Lloraba mucho. Pero no hablaba de lo que lo aquejaba. Casi no hablaba, y su silencio se sentía como un reproche dirigido a los que lo rodeaban. Pero hubo un solo tema que Peter siguió hasta el día de su muerte: los resultados de su equipo de fútbol. Hasta que murió, cada partido se anotó en una planilla en la puerta de su habitación”.

2 comentarios:

Paola Rodríguez dijo...

Todos tenemos nuestras excepciones, entre las mías se encuentran dos relacionadas con la muerte, ya que antes de estas fechas solo había asistido a un funeral de una amiga en preparatoria, y a pesar de no haberla conocido como hubiera querido su muerte dejo algo en mi. No pude acercarme al féretro, solo me quede viendo su foto. El querer recordarla como aquel día que fue la ultima vez que la vi, me detuvo.
Y es ahora que tuve que afrontar cinco situaciones a la vez, cuando me vuelve a ocurrir lo mismo.
Después de haber visto sufrir tanto a alguien junto con su familia que es como la mía.
Después de haber sido testigo de una pareja con tanto amor y con una familia envidiable.
Al estar unida por lazos a otra familia que aun con diferencias se siguen queriendo tanto pesar de las muertes ocurridas.
E igualmente a otra familia, que además son unos muy queridos vecinos.
Y por último con una familia lejana.
Solo me despedí de su recuerdo, si asistí a los funerales para estar ellos y con las personas que cuentan conmigo, pero el otro punto que es que no he logrado asistir a un sepelio, ya que las despedidas largas no me hacen mucho bien, y prefiero no darles un adiós en un sitio determinado, sino llevarlos conmigo desde el momento en que por fin se encuentran en paz.
SIEMPRE SERAN RECORDADOS: Salvador, Arturo, Dora. Familia Au: Francisca, Luis, Jesús y Maclovia.

Anónimo dijo...

En estos temas a mí me gusta recurrir a la retórica, porque me he dado cuenta que nadie puede hablar sinceramente de la muerte, por un lado porque a pesar de ser, los humanos, los únicos seres vivos que estamos concientes de que vamos a morir, no nos alcanza la percepción para concebirla en su total dimensión; por otro lado porque todos, ineludiblemente, le tememos (nuestra estructura biológica está diseñada para temerle, temor ubicado en esa parte que llamamos "instinto de conservación". Luego entonces, te dejo aquí al buen Jaime Sabines y su texto carrilludo "Que costumbre tan salvaje"

¡Qué costumbre tan salvaje esta de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir.

Yo siempre estoy esperando a que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la cajan, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta secarse, hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? ¿O por qué no quemarlo, o darlo a los animales, o tirarlos a un río?

Había de tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y con agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.


En youtube está su lectura en propia voz del Jaime. Eso le da todavía un toque más cómico.
Saludo.
Rebeca