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Me gusta cuando callas, Pablo Neruda

Me gustas cuando callas porque
estas como ausente y me oyes
desde lejos, y mi voz no te toca.


Parece que los ojos

se te hubieran volado

y parece que un beso

te cerrara la boca.


Como todas las cosas

están llenas de mi alma

emerges de las cosas llenas

del alma mía.


Mariposa de ensueño, te pareces a mi
alma y te pareces a la palabra melancolía.


Me gustas cuando callas, y estas como distantes
y estas como quejándote, mariposa en arrullo.


Y me oyes desde lejos y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle en el silencio tuyo.


Déjame que te hable también

con tu silencio claro como una lámpara,

simple como un anillo.


Eres como la noche

callada y constelada.

Tu silencio es de estrella,

tan lejano y sencillo.


Me gustas cuando callas porque
estas como ausente, distante y
dolorosa como si hubieras muerto.


Una palabra entonces, una sonrisa basta.
Y estoy alegre, de que no sea cierto.

Sólo en sueños, Jaime Sabines

Sólo en sueños,
sólo en el otro mundo del sueño te consigo,
a ciertas horas,
cuando cierro puertas detrás de mí.

¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan,
y ahora estoy preso en su sortilegio,
atrapado en su red!

¡Con qué morboso deleite te introduzco
en la casa abandonada,
y te amo mil veces
de la misma manera distinta!

Esos sitios que tú y yo conocemos
nos esperan todas las noches
como una vieja cama
y hay cosas en lo oscuro que nos sonríen.

Me gusta decirte lo de siempre
y mis manos adoran tu pelo
y te estrecho, poco a poco, hasta mi sangre.

Pequeña y dulce, te abrazas a mi abrazo,
y con mi mano en tu boca, te busco y te busco.

A veces lo recuerdo.
A veces sólo el cuerpo cansado me lo dice.

Al duro amanecer estás desvaneciéndote
y entre mis brazos sólo queda tu sombra.

Sed de ti, Pablo Neruda

Sed de ti me acosa en las noches hambrientas.

Trémula mano roja que hasta su vida se alza.


Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.

Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas...


Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.

Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.


Si ésa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.

Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.


Sed de ti, guirnalda atroz y dulce.

Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.


Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.

La boca tiene sed, para qué están tus besos.


El alma está incendiada de estas brasas que te aman.

El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.


De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.

Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, Jaime Sabines

ALGO SOBRE LA MUERTE DEL MAYOR SABINES

Déjame reposar, aflojar los músculos del corazón y poner a dormitar el alma para poder hablar, para poder recordar estos días, los más largos del tiempo.

Convalecemos de la angustia apenas y estamos débiles, asustadizos, despertando dos o tres veces de nuestro escaso sueño para verte en la noche y saber que respiras.

Necesitamos despertar para estar más despiertos en esta pesadilla llena de gentes y de ruidos.

Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas, por eso es que este hachazo nos sacude.

Nunca frente a tu muerte nos paramos a pensar en la muerte, ni te hemos visto nunca sino como la fuerza y la alegría.

No lo sabemos bien, pero de pronto llega un incesante aviso, una escapada espada de la boca de Dios que cae y cae y cae lentamente.

Y he aquí que temblamos de miedo, que nos ahoga el llanto contenido, que nos aprieta la garganta el miedo.

Nos echamos a andar y no paramos de andar jamás, después de medianoche, en ese pasillo del sanatorio silencioso donde hay una enfermera despierta de ángel.

Esperar que murieras era morir despacio, estar goteando del tubo de la muerte, morir poco, a pedazos.

No ha habido hora más larga que cuando no dormías, ni túnel más espeso de horror y de miseria que el que llenaban tus lamentos, tu pobre cuerpo herido.

Do Not Stand at My Grave and Weep, Mary Frye

No te detengas en mi tumba a llorar,
no estoy ahí.


Soy ahora una de las brisas que soplan.


Soy el brillo de diamante en la nieve.


Soy la luz del sol en el grano maduro
y soy la suave lluvia del otoño.


Cuando te despierte en la mañana

una ráfaga de aire, soy yo.


La gentil brisa que se levanta en círculos
con el vuelo reposado de los pájaros.


Soy una de las tenues estrellas
que brillan en la noche.


No te detengas en mi tumba a llorar.
No estoy ahí. No he muerto.

Poema 20



Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a los lejos".


El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.

Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.


Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.

Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.


Que importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca y ella no está conmigo.


La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuanto la quise.

Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.


De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.


Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.


Es tan corto el amor y tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.


Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.