El beso de plata, Annette Curtis Klause

–¿Tú nunca mataste a nadie? –sus ojos eran penetrantes.

Simón recogió la camiseta y la torció en sus manos.

–Te dije que lo hice. Sabes que lo hice –luego le tomó la mano–. Pero no tengo que hacerlo. Lo puedo controlar. Él ni lo intenta. Él disfruta matando.

Sofía le quitó la camiseta y la estiró en su falda.

–¿Tú te puedes controlar?

–Sí, lo he hecho. Las he seducido hacia una suave niebla y las chupo suavemente, después las dejo con aliento.

No le mencionó las veces que, debido a la abstinencia de sangre humana, no se podía retirar y se dejaba caer en esa niebla junto con su presa donde se quedaba flotando, despertándose años después con una fría concha vacía en sus manos. Era siempre más satisfactorio hasta el final y muchas veces se había preguntado si ellos se alimentaban tanto de los moribundos como de su sangre. Christopher parecía disfrutar más el moribundo que la sangre.

–¿Qué pasó con el crucifijo? –le preguntó Sofía–.

¿Te estaba lastimando?

–Oh, no –se rascó el brazo sintiéndose culpable, buscando una excusa para no tener que mirarla–. Sólo una vieja manía. No puedes creer todo lo que lees. Simplemente no te lucía –qué es lo que pasa. Creí que había decidido confiar en ella. De todas las maneras, se sentía estúpidamente asustado de facilitarle a alguien un arma que pudiera usar contra él.

–¿Simón? –Sofía le tocó la mano–. ¿Dónde están tus colmillos?

Ella lo miró como si todavía le tuviera pesar. ¿Acaso aún lo consideraba un niño hambriento de la calle?

–No pueden simplemente aparecer. Tienen que se estimulados por el olor o la promesa de sangre. ¿Quieres que te muestre? –lo dijo en broma.

Se acerco a ella y vio una chispa de miedo en sus ojos. Esto lo animó a continuar. Ah, ella cree un poquito, pensó. Ella se acercó también y apoyó su cabeza en el hombro de él. Le acarició el brazo. Dulce calidez. Dulce y fogoso calor.

–Pobre Simón, ¿qué puedo creer?

Su garganta empezó a latir con vida cerca de su boca y él se sintió atolondrado ante su olor suave y cálido. Trató de controlarse, pero no pudo; ella estaba demasiado cerca, demasiado dispuesta. Los colmillos salieron de sus fundas. "—Cree en esto —suspiró y la besó suavemente en la nuca—. Y en esto, y esto. "Luego la beso con el beso agudo, el beso de plata, veloz y verdadero, tan cortante como una cuchilla, y él se impregnó de la calidez de ella. La sintió entrar en su cuerpo, su calidez, dulce calidez.

Ella dio un pequeño grito y trató de alejarlo, pero él le acarició el pelo. No te lastimaré, pensó él, pequeño pájaro, pequeña querida. No te lastimaré, pensó él, pequeño pájaro, pequeña querida. No te lastimaré. Ella gimió y lo abrazó. Era el suave éxtasis de los besos que él podía transmitirle con su abrazo. Le palpitaba en sus dedos, sus brazos, su pecho, como la sangre en las venas de ella. Palpitaba a un ritmo que compartió con ella. Ella suspiró, su respiración se volvió más intensa y él sintió que no se podía controlar. Debo detenerme ahora, pensó él, pero no puedo hacerlo. La acercó aun más, como si nunca pudiera dejarla ir. No podía dejarla ir.

Sin embargo lo hizo. Jadeando, la apartó de él. Se miraron confundidos.

—Puedo detenerme si lo deseo —le susurró ronco.

Ella se ruborizó, luego se tocó la nuca y se vio las gotas de sangre en sus dedos sin entender.

—Pero fue… quiero decir, no fue horrible. Fue… no lo sé.

Él quería besarla de nuevo.

—Puede ser terrible. Él lo hace terrible. Yo puedo hacerlo dulce —él tomó la mano y las palpitaciones empezaron de nuevo dentro de él. Puedo detenerme. Pensó mientras trataba de acercarla.

2 comentarios:

Ed M. dijo...

ooooo!
esta interesant el fragmentoq pusiste...me dan ganas d leer el libro :D
a ver si lo encuentro

saludos!

CadávEr Muerto dijo...

sangre... ¿moronga?